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3 de juny de 2011

BARCELONA, EL ESTAFADOR DEL PASEO DE GRACIA, 1930.

MI VIDA Y MI HISTORIA

EL ESTAFADOR QUE SE PARECÍA A ALFONSO XIII...

 

A MÉS D´AVIADORS, AVENTURERS I NENS PRODIGI, BARCELONA COMPTA TAMBÉ AMB UN DELINQÜENT D´HABILITATS EXTRAORDINÀRIES, CAPAÇ DE BATRE TOTS ELS RÈCORDS.
L´estafador Antoni Llussià Bissef va morir el 1930 en una casa del Passeig de Gràcia. Mariner, aviador, militar, diplomàtic, capellà, jurisconsult,literat, còmic, marquès...
Ha interpretat tots els papers de l´auca: falsificava signatures, cobrava xecs i havia invertit tota la fortuna en cases . "Els millors moments de la meva vida -deia- son aquells tres o quatre minuts d´espera a la guixeta d´un banc, on he dut un xec fals. Mentres examinen la signatura... Valen més aquets minuts que les pessetes."
La falsificació de signatures era la seva especialitat. Ho va demostrar al Jutjat de Manresa: des d´un altre cap de taula imitava a l'acte la firma que veia escriure de l´inrevés.
Per rubricar la seva vida exagerada es va casar amb la filla de l´escarceller de Cervera, a la qual va conèixer i enamorar entre reixes.
Aquest fill de Capellades reclamat per tots els jutjats del món, habitant de presons i manicomis, va acabar els seus dies com un senyor, amb tres automòbils, edificis en propietat i un enterrament de segona classe fet en diumenge, al qual assistiren deu capellans, un col-legi, deu acompanyants i vint-i-cinc cotxes...
La policia tenia pocs documents gràfics de l´estafador internacional. Aquestes dues fotos consten als arxius de totes les policies del món. La de dalt és la darrera fotografia d'Antoni Llussià, feta poques setmanes abans de la seva mort.

EL ESTAFADOR QUE SE PARECIA A ALFONSO  XIII


Antonio Llucià es una de las personalidades más enigmáticas del crimen de alto copete de la primera mitad del siglo XX. Si a Eduardo Arcos FANTOMAS, se le consideraba el Rey de los ladrones, Llucià bien pudo ser –no es este un terreno en el que abunden las estadísticas– el Príncipe de los estafadores.
Nació en Capellades, un pueblo cercano a Igualada, en Barcelona, a finales de la década de 1880. A los 19 años decidió que la vida rural no estaba hecha para él y emigró a Cuba, donde vivió en casa de uno de sus tíos, en La Habana.
Afincado de nuevo en Barcelona, empezó su carrera como estafador en 1911. Un comerciante de la calle Borrell fue su primera víctima y 11.000 pesetas el primer botín. No era moco de pavo. Con ese dinero empezó a viajar por el mundo y a labrarse una más que dudosa reputación en las principales capitales de Europa y América.
Contaba el comisario Manuel Casal que Lluciá “tiene el raro privilegio de ganarse desde los primeros instantes el afecto y las simpatías de la alta sociedad”. Y se aprovechó, claro está. De buena planta, simpático y culto, en menos de cinco años, contrajo matrimonio con cuatro mujeres adineradas de Cuba, Perú, Brasil y Uruguay. Bígamo por partida doble. A las cuatro abandonó durante el viaje de novios tras robarles su dinero.
La boda en Montevideo, con doña Inés Prieto, acabó de una forma especialmente cruel. Usando el nombre de Orlando de la Riva, Lluciá engañó a la mujer y vació su joyero; después, empeñó las joyas. En un raro gesto, a medio camino entre la jactancia y la necedad, el estafador envió las papeletas de la casa de empeño a Inés con este mensaje:
“Idolatrada esposa: Dado mi temperamento febril y especial manera de ser, advierto ahora que la vida vulgar del matrimonio no se ha hecho para mí. Por eso, parto para lejanas tierras, en busca de nuevas emociones y diversiones frívolas. Como recuerdo grato de nuestra corta unión adjunto te envío las papeletas de empeño de tus más caras joyas. Resígnate, pues, y que Dios te proteja, Doña Inés del alma mía. Orlando”.
De vuelta a España, volvería a casarse al menos en tres ocasiones más. “Es un ladrón comme il faut –escribió de él un cronista de sociedad en 1919, recorte superior– elegante, buen mozo, de trato exquisito, hombre culto, espiritual, que habla perfectamente español, francés, inglés, alemán, italiano y creo que también ruso”. Para un país con una delincuencia de navaja y trabuco, era una exótica novedad.
Los años 20 fueron para Lluciá muy agitados: la policía lo detenía, él se hacía el loco, lo ingresaban en un psiquiátrico y se escapaba. Sabía lo que hacía: en 1927, un juez lo declaró enajenado y sobreseyó todas las causas que se seguían contra él.
Tras ponerse repentinamente enfermo –quizás por una intoxicación alimentaria–, murió en octubre de 1930, cuando aún no había cumplido los 50 años. Vivía, por aquel entonces, en un lujoso piso del paseo de Gracia y dejó una fabulo
sa herencia. El monto de sus estafas alcanzó, según algunos medios, varios millones de pesetas. Una fortuna.
De entre los muchos episodios que protagonizó, mi favorito es el de su estancia en Saint-Moritz (Suiza). Se disfrazó de rey Alfonso XIII (foto de abajo) y se pateó todos los hoteles y restaurantes de lujo a cuenta del monarca. Las facturas, decía, debían enviarse a la Embajada de España. Aún están esperando para cobrarlas.
Como si de un Cid Campeador del crimen se tratara, Antonio Llucià ganó su última batalla después de muerto. En marzo de 1931, un industrial barcelonés presentó una denuncia contra un tal señor Gómez. Revisados los archivos policiales, Gómez resultó ser nuestro difunto estafador. Genio y figura.

2 comentaris:

Miquel ha dit...

jejejeje ¡¡¡era un pillastre ¡¡¡pero ya ves que no es el único ¡¡¡ de esos ahora estamos plagados ¡¡¡salut

trinidad ha dit...

De él habrán aprendido muchos pillastres de hoy en día.
Saludos MTVO