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8 de març de 2011

LA CANADIENSE Y JUAN MARCH ORDINAS... 2ª PARTE...

MI VIDA Y MI HISTORIA


ASTILLEROS NUEVO VULCANO EN BARCELONA,
COMPRADOS POR JUAN MARCH, DURANTE LA PRIMERA
GUERRA MUNDIAL...
En África, sus negocios de tráfico de armas seguían en aumento con la agitación de las cábilas. Un jefe tribal llamado Abd-el-Krim había declarado el Estado Independiente del Rif, y sus ataques a las posiciones españolas eran cada vez más frecuentes. Los rifeños eran maestros en el arte de las emboscadas, y el ejército tenía serios problemas para mantener transitables los caminos y evitar que una buena parte de los suministros destinados a sus tropas fueran a parar a los partidarios de Abd-el-Krim.

En 1909 ocurrió el desastre militar del Barranco del Lobo, y como consecuencia el ministro Linares decidió reforzar las guarniciones africanas utilizando reservistas de Cataluña en vez de acudir al ejército regular. La protesta de los afectados degeneró en un verdadero levantamiento popular en la Ciudad Condal que se adueñó de sus calles con huelgas generales, enfrentamientos y barricadas que se mantuvieron por espacio de una semana. Hasta que Maura declaró el estado de guerra y llamó al ejército. Los infantes entraron en la ciudad con la bayoneta calada, mientras que desde Montjüich las baterías retumbaban cada pocos minutos ahogando en sangre la insurrección.

La tormenta institucional que causó la Semana Trágica de Barcelona representó el final político de Antonio Maura. Canalejas fue llamado al gobierno. Cambó estaba en Madrid y había moderado su discurso catalanista, pero Lerroux, que en su juventud había sido aventurero y crupier, parecía entender la vida como un garito en que ganan los más tramposos. Su partido radical seguía adquiriendo cotas de poder, que utilizaba para extender una red de corrupción e influencias que abarcaba casi toda la nación.  En el exterior arreciaban las críticas por el fusilamiento de Ferrer i Guàrdia, considerado uno de los promotores de la revuelta catalana. España se encontraba en un impasse, enfrascada en una guerra impopular en el continente africano y sometida a una clase política cuya confianza rayaba mínimos históricos. En 1912 las balas de otro anarquista terminaban con la vida de Canalejas
El brusco parón fue negativo para España. De repente muchas fábricas se quedaron sin pedidos, la inflación acumulada, fruto del dinero fácil que había entrado durante la contienda, superó el 50 por ciento y arruinó rentas y sueldos. La desesperación de las clases desfavorecidas alentó las revueltas sociales. Los socialistas más radicales y los anarquistas de la CNT comenzaban a representar una fuerte amenaza para los patronos, algunos de ellos fueron asesinados, lo que causó una feroz represión por parte de bandas de pistoleros pagados por la patronal. Como la que costó la vida al sindicalista Santiago Seguí, el Noi del Sucre. Son conocidas las conexiones que con estos hechos tuvieron el ya citado comisario Portillo, acusado también del asesinato durante la guerra de un ingeniero catalán, fabricante de obuses que se embarcaban con destino a Francia. Y sobre todos los violentos derechistas figuraba el que era su superior de facto, el despiadado general Martínez Anido, gobernador militar de Cataluña.
Pero en aquel río revuelto, March había salido ganando. Durante la contienda había construido unos astilleros en Valencia, había comprado los talleres de Nuevo Vulcano de Barcelona, y en las islas se adueñó de una  participación mayoritaria en el Banco de Crédito Balear y en la Compañía Eléctrica de Mallorca.

El fallecimiento de la esposa, nuera, madre y abuela de Juan March clausura la Mallorca del siglo XX.
ARRIBA CARMEN DELGADO,ENTRE SU HIJA LEONOR Y SU SUEGRO
JUAN MARCH I ORDINAS..

 El periodismo repele la historia, y no viceversa como pretenden los académicos. Sin embargo, en la muerte de Carmen Delgado de March procede decretar una tregua entre la actualidad al galope y la sedimentación de los acontecimientos. Lo histórico y lo periodístico confluyen excepcionalmente, porque la desaparición de una mallorquina de 96 años sella el fin de una época. La clausura de la Mallorca de la primera mitad del siglo XX se oficializa con medio siglo de retraso, avalado por la longevidad de una matriarca tan concentrada en la pervivencia de su imperio que no le quedaba tiempo ni para el último trámite de la existencia. Embarcada en una tarea que huía de las contingencias, tenía preparada desde 2004 la caja mallorquina que debía servirle de ataúd. Austero y de terciopelo negro, sin fondo, como exige la aristocracia local.
La esposa, nuera, madre y abuela de Juan March no tomó una sola decisión sin la conciencia del imperio que encabezaba. Por eso, su fallecimiento no entronca con la crónica social, sino que pertenece a la actualidad económica y política. Sin necesidad de documentar su influencia, fueron numerosas las decisiones cruciales que le fueron consultadas o sometidas a su aprobación. En sí misma, la preservación de s´Avall se hace meritoria en una isla donde las grandes fortunas han encabezado la destrucción de sus propiedades. También fue una figura clave en la vida de este personaje...
Carmen Delgado era demasiado exigente para aprobar a ciegas la labor de su suegro. A ella no le impresionaba el mito del financiero Juan March Ordinas, un gigante tan desproporcionado para la Mallorca del pasado siglo como lo es Rafel Nadal para el presente. No existe ninguna correlación demográfica o sociológica entre ellos y el territorio que los forjó. Han llegado a la cima del planeta con un handicap asombroso, pero la última matriarca tuvo siempre ideas propias, transmitía la sensación de que hubiera modificado algunos de los cursos emprendidos.
En su celosa actitud de salvaguarda del linaje March no sólo sagrado, impronunciable en Mallorca hasta hace tres lustros, a Doña Carmen le corresponde la sagacidad de percibir que la imagen de un imperio es tan importante como su actividad económica, antes de que este axioma se incorporara a los cursos de management. Se aplicó disciplinadamente a la depuración de los orígenes oscuros comunes a las sagas de magnates, mientras encarnaba el ascenso de una burguesía que acaba por reivindicar los honores de la aristocracia que había prometido subvertir y combatir. Delimitó también los estilos de vida incompatibles entre su ramal calvinista herederos de Juan March Servera y las tendencias bohemias de Bartolomé March Servera y sucesores.
La vigilancia de Carmen Delgado madre y reina a partes iguales ha sido tan importante como la discreción de sus hijos Juan y Carlos March Delgado, para que el imperio de matriz mallorquina sobreviviera a las turbulencias que arramblaron con los grandes linajes florecidos a remolque del franquismo -Coca, Fierro, Villalonga.
Carmen Delgado fue una mujer con opinión, consciente de que el poder se ejerce, pero que exige asimismo la aclimatación a circunstancias cambiantes. Con la curiosidad como trampolín, batalló por adaptarse sin perder su condición de matriarca. Por desgracia, el círculo que creó a su alrededor la asfixiaba. Con otro entorno, hubiera sido la mujer moderna que rastreaba en personajes como Fernando Schwartz o José Luis de Vilallonga el elixir de una elegancia intemporal, de una transición entre épocas que no puede controlarse ni consultando con insistencia un calendario.
En Mallorca, la sucesión matriarcal es más urgente y comprometida que la patriarcal. Hasta un varón sirve para llevar los números con eficacia bastante, sólo una mujer encarna una dinastía. En ese delicado protocolo, la responsabilidad recaerá con toda probabilidad sobre María Antonia Juan, casada con Juan March Delgado el 30 de junio de 1973. Aquel día, la nueva señora vistió un modelo regalado por su suegra, fallecida ayer.

 Para el mallorquín existía aún otra etapa que era necesario salvar. El derecho de los propietarios a recuperar su compañía por la misma cantidad que FECSA había ofrecido. Pero estos, integrados ahora en un consorcio llamado SIDRO, pensaban que no era necesario pagar dos veces por lo que ya era suyo, confiando en que la justicia les daría finalmente la razón.  
Se equivocaron totalmente. Los procesos fueron interminables. La multinacional presionó por todos los medios posibles. Enviaron a Mr. Dean, un importante abogado, socio de Foster Dulles, el secretario de estado americano, esperando que su influencia fuera más allá de los términos estrictamente legales. Pero en aquella época Madrid había iniciado las negociaciones para el alquiler de las bases al ejército americano, y las prioridades enterraron el asunto de la compañía eléctrica en un farragoso pantano legal.
March había ganado la partida. Heineman y SIDRO-SOFINA siguieron pleiteando hasta llegar en 1975 al Tribunal Internacional de la Haya, trece años después de la muerte del financiero mallorquín. Que seguramente debió reírse a gusto en su tumba al conocer que la sentencia inapelable daba la razón a sus herederos.

El caso Barcelona Traction Light & Power ha sido uno de los pleitos más largos y complejos que ha tratado la justicia internacional. Expresado en términos no legales sólo fue un atraco a mano armada realizado con toda la alevosía y premeditación posibles, pero por la forma magistral en que fue llevado a cabo, aún es objeto de análisis y estudio en las facultades de Derecho.

El año en que se apropió de La Canadiense, Joan March había cumplido los setenta y un años y tenía serios problemas de salud. Una hemorragia intermitente en la próstata le causaba dolor y desmayos frecuentes, dolencia de la que fue tratado por el célebre urólogo Puigvert.
Su mujer murió en esta época, y él pasó sus últimos años entre Mallorca y Suiza, en un hotelito de la isla Rouseau, junto al lago Leman, donde solía alojarse con sus colaboradores más allegados.

Una de sus últimas apariciones en sociedad fue durante la fiesta que dio en los esponsales de su nieta, en la que se gastó 175.000 dólares, engalanando los jardines de una gran propiedad rural del centro de Mallorca con 200.000 bombillas y trayendo a 200 camareros y al cantante Gilbert Becaud. El acontecimiento fue comparado en la prensa mundial a las recepciones monegascas del príncipe Rainiero. Y de manera involuntaria dió oportunidad a su viejo enemigo Indalecio Prieto, para que desde su destierro en Méjico pudiera escribir algunas frases satíricas sobre el acontecimiento.

March volvió al ataque con su causa pendiente. En 1947 envió a Nueva York a un enviado a entrevistarse con Heineman, recordándole que La Canadiense llevaba desde el año 36 sin abonar dividendos a los accionistas españoles, y ofreciéndole la compra de sus títulos. El holandés volvió a negarse. Y entonces, en febrero de 1948, un juzgado de Reus declaró por sorpresa la quiebra de la empresa.

AL FONDO SENTADO JUAN MARCH, EL BANQUERO DE FRANCO...EN UN DISCURSO DE LERROUX...

CAFÉ CHICAGO, EN EL PARALELO SE REUNÍAN LOS HUELGUISTAS...

 La maniobra se realizó en viernes para que los representantes legales no pudieran intervenir antes de dos días.  Los canadienses acusaron a March, y aunque todos los pasos se llevaron de acuerdo a la legalidad española, era evidente que tal maniobra había exigido una ingente labor de planificación. ¿Cómo era posible que un insignificante juzgado de una pequeña ciudad catalana pusiera en jaque a una de las empresas más grandes del país?. Desde el otro lado del Atlántico los miembros del Consejo de Administración mostraban su total incredulidad. Alegaron que la empresa no estaba en quiebra, pero que no podían pagar a los accionistas porque el gobierno de Franco no les autorizaba la entrada de capitales. Contrataron a importantes bufetes de abogados y apelaron la orden. Los letrados argumentaban que el juzgado de Reus no tenía competencias sobre este asunto, al ser la compañía extranjera y miembro de un consorcio multinacional. Y sin embargo, el engranaje legal que Joan March había montado no tenía resquicios por donde entrar. Siguiendo los plazos que la ley preveía, el juzgado nombró un depositario, se procedió al bloqueo de las empresas filiales y tras una tasación se redactó el pliego de condiciones para la subasta.

Como la mayoría de los títulos de las acciones estaban fuera del país, y tales documentos eran necesarios para el proceso, la empresa emitió nuevos títulos y se dio un plazo de 30 días para que quien demostrase su posesión acudiera a recogerlos. Muy pocos vinieron.
En el mes de noviembre de 1951 la compañía salió en pública subasta, a la que sólo se presentó la empresa FECSA, Fuerzas Eléctricas de Cataluña, evidentemente, propiedad de la familia March...