LinkWithin

http://mtvo-bcn.blogspot.com.es/

8 de diciembre de 2010

David de Miguel Angel (Florencia)



MI VIDA Y MI HISTORIA

David, en mi casa...

En 1995, en Milán, la ciudad que tanto amó y acerca de la que tan insuperablemente escribió, fue publicado, en edición bilingüe francesa e italiana, un texto inédito de Stendhal hallado entre sus papeles de Civitavecchia, el lugar donde con más constancia y continuidad ofició como cónsul de Francia en los Estados Pontificios durante la época de Luis Felipe, y en el que alcanzó a redactar sus dos obras imperecederas: Rojo y negro y La cartuja de Parma.
El artista tenía 57 años; su amado contaba apenas 22. Lo retrató y cantó, y también lo amó carnalmente.
No importa el tema. Dibuja el cuerpo en el esplendor del esfuerzo y en la minucia de la belleza.
La luminosidad renacentista tiene mucho que ver con la celebración de la carne como templo.
Aquel inédito, en realidad un fragmento de novela inconclusa, abortada no sabemos si por falta de tiempo, desinterés u otras razones inconfesables, salió de la imprenta bajo el título Quién me defenderá de tu belleza y no fue traducido en nuestro país hasta 2007 por Pre-Textos. El embrión de la obra stendhaliana contaba la pasión entre un ya maduro Michelangelo Buonarroti, Miguel Ángel, y un todavía joven Tommaso Cavalieri; el bellísimo título del libro estaba tomado de uno de los endecasílabos -Chi mi difenderà dal tuo bel volto- que el autor del David dedicó a quien, junto a Vittoria Colonna, fue el gran amor de su vida.
Miguel Ángel conoció a Tommaso en 1532. El artista tenía entonces 57 años y se hallaba entregado a una de sus cumbres, la construcción en Florencia de la Biblioteca Medicea Laurenciana, que solo un par de años después abandonaría para viajar a Roma a trabajar en el omega de su genio, el Juicio final de la Capilla Sixtina; su amado contaba apenas 22 años. Miguel Ángel no solo retrató y cantó al joven Tommaso; también lo amó carnalmente. Educó, pues, su inteligencia y su cuerpo, como Sócrates hiciera con Alcibíades o Eurípides con Agatón, y si lo divinizó en el dibujo y en el verso, no desdeñó humanizarlo en el músculo y en el hueso. Al final de su longeva existencia, allá por 1564, cuando la llama del amor físico se había consumido hacía tiempo, Tommaso acompañó a Miguel Ángel en el instante de su muerte. Fue un final emocionante y sin duda solemne, pero sobre todo digno, para una hermosa historia de amor, aunque es razonable pensar que haría falta ser Stendhal para contarla como merece.
El abandonado empeño narrativo del creador de Fabrizio del Dongo sirve, en cualquier caso, para iluminar la gigantesca personalidad de Miguel Ángel, su avasalladora humanidad, su grandeza sin parangón en una época donde la grandeza parece constituir la norma, un fragmento de historia que todavía hoy en plena expansión de la cultura del simulacro y en un momento en el cual un poshumanismo más o menos edificante se baraja como plausible es capaz de provocar admiración entre sus fruidores. Ni la anomia intelectual de nuestro nuevo siglo ni la puesta en suspenso de valores como el de la belleza, domesticado hace tiempo por la mirada cínica y desencantada de quien parece haberlo visto ya todo, han logrado que palidezca la figura del más universal de los toscanos junto a Dante y Leonardo.
Así, en la peripecia soñada por Stendhal, a una edad en la que muchos hombres están penetrando con dulzura y un acaso inconfesable sentimiento de alivio en el apaciguamiento de ciertas pulsiones, Miguel Ángel se enamora de un muchacho que podría ser su hijo, lo celebra en la gracia de lo efímero el cuerpo, la sangre y lo catapulta a la gloria de lo trascendente la pintura, la literatura. Claro que Miguel Ángel no fue un hombre cualquiera. En él la estatura creativa y la humana se tienden la mano sin fractura ni contradicción. Como en el caso de Byron o de Tolstói, arte y existencia se compadecen en Miguel Ángel levantando un puente firme, imposible de dinamitar. Vigoroso entre los vigorosos -un hombre capaz de convivir con Lorenzo el Magnífico, Julio II y León X, feroz entre los feroces -una voluntad capaz de sobrevivir a la astucia del más grande de los Médici y al maquiavelismo de los dos últimos papas del Renacimiento, prestigiado entre los prestigiosos el primer artista de la historia de Occidente cuya biografía se publicó en vida-, Miguel Ángel fue también un hombre armonioso en el Himalaya de la armonía, una de las piezas más polimórficas y proteicas del excelso canon renacentista, primus inter pares de un Olimpo donde se rindió pleitesía a lo bello como manifestación de la potencia creadora. De esa tensión entre pasión y mesura, arrojo y equilibrio, de esa dialéctica entre una vida arrebatada y un arte alciónico, nace la fascinación que todavía hoy provocan el hombre y su legado.
Los alrededor de cien dibujos que hasta el 9 de enero del año próximo se exhiben en las salas del museo vienés de la Albertina revelan la furia y el bálsamo de Miguel Ángel hasta sus últimos rincones, el arco de puro fuego y de diáfano cristal en que se perfilan el estallido y la ligereza, el mármol y el agua, la excelencia del gesto y el primor del detalle. Es un descenso vertiginoso al talento de un maestro para el que el dibujo se convierte en la retorta donde se elaborarán algunos de sus mayores logros: el dibujo como taller, el dibujo como argumento, el dibujo como diorama. Pero, sobre todo, constituye una visita guiada al tema por antonomasia del gran arte miguelangeliano, a su motivo más querido y reiterado: el cuerpo.

1 comentario:

Miquel dijo...

Una ciudad para perderse ¡¡¡Florencia