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25 de octubre de 2010

ELVIS PRESLEY - its now or never (1960)



Elvis Presley es lo más parecido a un santo popular en Estados Unidos. Ninguna de las figuras del siglo XX conserva un carisma similar. Da lo mismo que pertenezcan a la política, al deporte o al espectáculo: sus cifras póstumas empequeñecen junto a las de Presley. Su tumba es la más visitada del país; Graceland, la mansión de Memphis, solo compite con la Casa Blanca en la categoría de residencias con gancho turístico.
La lucha por determinar el carácter de Elvis tiene dimensiones de batalla cultural. Enfrenta al sur con el resto de Estados Unidos. Divide a blancos y negros, pues estos últimos reivindican el origen afroamericano de su música. Plantea la realidad del ‘sueño americano’, si se cumplió para un chico procedente de lo que se denomina white trash (basura blanca), y confronta su bien ganada fama de filántropo con su inclinación suicida por el derroche.
La última novedad en el campo de las revelaciones es Baby, let’s play house: Elvis Presley and the women who loved him, de Alanna Nash, periodista especializada en country. Ella logró documentar historias increíbles, como la de su mánager, Tom Parker, que siempre escondió el hecho de que era un inmigrante ilegal nacido en Holanda.
En Baby, juguemos a la casita, Nash dispara otro torpedo contra uno de los pilares más sólidos de la Presleyiada: el enamoramiento de cuento de hadas que desembocó en su emparejamiento con Priscilla Ann Beaulieu.
Se conocieron siendo ella una belleza de 14 años, cuando él hacía servicio militar en la República Federal de Alemania, un gesto de patriotismo al que lo empujaron sin contemplaciones.
En contra de la leyenda, Elvis no necesitaba un alma gemela que lo animara mientras servía en la 3.° División Acorazada.
A Alemania viajó su corte de nuevos amigos que se aseguraban de que se cumplieran sus deseos. Circula un libro, Private Elvis, que recoge lo que era una noche de permiso para el recluta Presley, con fotos tomadas en un club nocturno de Múnich en 1959, y no hay duda de que sabía divertirse. Para compensar tales excesos, el cantante escenificaba a la vez un noviazgo convencional. Priscilla encarnaba el anhelo de pureza, el imperativo de buscarse una buena esposa.
Alana Nash desempolva acuerdos judiciales que rompen esa imagen de la impecable damita sureña. Priscilla tuvo una querella contra Currie Grant, un militar que presumía de haber mantenido relaciones sexuales con ella tras presentársela al ídolo recién llegado. Alegando que fue un intento de violación, ella ganó el juicio, pero renunció a cobrar los $75.000 concedidos en concepto de daños y perjuicios; por el contrario, pagó $15.000 a cambio de unas fotografías en poder de Grant y el compromiso de no volver a hablar de sus flirteos.
En realidad, Priscilla era menos inocente de lo que nos vendieron. Inquieta y rebelde, hubo novios antes y después del paso de Elvis por el ejército. De hecho, su matrimonio con la realeza del rock and roll parece obedecer a una obsesión de su padrastro, un oficial de las Fuerzas Aéreas que presionó cuando la relación se fue enfriando por la distancia, con la complicidad de Vernon Presley, padre del cantante, y el llamado coronel Tom Parker, su mánager.
Elvis aceptó el acuerdo, mientras introducía a Priscilla en algunos de sus secretos, como las pastillitas para animarse o relajarse. También –dice Nash– sugirió juegos lésbicos con otra doncella, ambas en ropa interior blanca. Aquellos entretenimientos se grabaron en video por cortesía de Sony, que puso en sus manos un prototipo de grabadora y cámara para uso doméstico: el regalo perfecto para un voyeur.
Elvis había compartimentalizado su vida. En Memphis, bajo la mirada de familiares y conocidos, procuraba llevar una existencia discreta. Pero tras el intervalo militar, concentró su actividad profesional en el cine, lo que justificaba largas estancias en Los Ángeles; allí alquiló un palacete antes usado por otro gran hedonista, el sha de Persia.
Corrían los años 60 y aquello, efectivamente, era Hollywood Babilonia. Los compromisos cinematográficos garantizaban un desfile constante de estrellas y aspirantes. Se susurra que Elvis intimó con Ann-Margret, Natalie Wood, Tuesday Weld, Candice Bergen, Cybill Shepherd o Nancy Sinatra.
Pero Elvis no se conformaba. Su equipo de amigos-asistentes, la llamada Memphis Mafia, se ocupaba de que nunca le faltara carne fresca en Bel Air, Palm Springs o Las Vegas. Bastaba con abordar a cualquier desconocida: nadie rechazaba una fiesta con Elvis. Según avanzaba la década, aumentaron las drogas y las juergas se hicieron más salvajes, similares a las orgías clásicas. Excepto que el jefe no se mezclaba en las bacanales. Tenía, obviamente, derecho de pernada y nadie rechistaba cuando elegía una o más compañeras de cama.
Prefería mirar y estimularse, por lo que se enfrentó impávido a las demandas de paternidad que le cayeron. Solía rechazar a las casadas o divorciadas, de forma tajante si ya habían sido madres.
Por el contrario, demostraba debilidad por las menores de edad o las que lo parecían, algo que incomodaba a los más despiertos de sus amigotes. Venían del sur, donde las muchachas se casaban muy jóvenes, pero hasta un ciego era consciente del abismo: la carrera de un temible competidor, Jerry Lee Lewis, se fue al garete en 1958 cuando se difundió que su última esposa era una prima segunda de 13 años.
Aquí y ahora, todo eso suena aberrante. Pero abundan los ejemplos de artistas de otros tiempos y otras culturas que no escondieron su gusto por las menores, algo que tampoco les impidió convertirse en símbolos nacionales, caso de Carlos Gardel y la Argentina. El tanguero solía defender su preferencia con un refrán campesino: “A burro viejo, pasto joven”.
La caída
Esas diferencias de edad tienen peligros. Como ocurría en la novela de Nabokov, puede que la Lolita acaricie planes particulares. Priscilla digirió mal la vida disoluta del Elvis viajero, de la que inevitablemente se enteró. Dolía más el desinterés sexual del artista: la maternidad funcionaba como tabú paralizante.
Y él nunca debió subestimar la determinación de una magnolia sureña herida.
Meses después del nacimiento de Lisa Marie, Priscilla se enamoró de Mike Stone, un campeón de karate al que descubrió en unos combates de exhibición. Estaba casado, le dijeron, pero no aparentaba ser feliz.
Sinuosa, Priscilla se apuntó a la escuela de artes marciales de Chuck Norris en Los Ángeles, asegurándose un encuentro casual con Stone. Lo contrató como instructor personal y, sin tardar demasiado, tomó la iniciativa de llevarlo a la cama. Su habilidad para el subterfugio resultó extraordinaria: compró un apartamento en una playa californiana y el adulterio se mantuvo oculto durante tres años y medio.
Fue ella misma quien descubrió el pastel: a principios de 1972 viajó a Las Vegas para informar a Elvis que iba a dejarlo. Fue la hecatombe. Aunque Presley debió aceptarlo, hubo noches de delirio: el cantante y sus colegas planeando diferentes formas de liquidar al karateca (para mayor ofensa, un mulato de madre hawaiana). Según algunos, ese fue el momento en que todo descarriló, cuando Elvis empezó su festín de productos farmacéuticos. No se lo crean. Mucho antes, Presley podía recitar el catálogo de medicamentos interesantes que se conseguían con receta o sin ella.
Como si pretendiera construir el negativo de una historia ejemplar, los cinco años finales lo muestran acelerando hacia el desastre. Se deteriora su cuerpo, hasta el punto de necesitar corsé y pañales para presentarse en público. Sin embargo, aumenta el ritmo de trabajo: lo vemos actuando en ciudades perdidas de Estados Unidos, mientras su representante rechaza generosas ofertas para presentarse en el extranjero. Pero, ¡ay!, por mucho que aumenten las taquillas, los gastos crecen más, muy por encima de los ingresos.
El puro disparate llega cuando, apurado por las deudas, cede a RCA, su discográfica, los ingresos futuros de sus grabaciones por una cantidad millonaria que se reduce a poco una vez que el mánager aparta su 50% y Hacienda pega su mordisco.
Se distancia del sexo activo igual que del cristianismo convencional, reemplazado por doctrinas esotéricas. De alguna manera, la muerte llega justo a tiempo, antes de que se desmoronara todo el tinglado.

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